lunes, 7 de febrero de 2011

Recordando a los maestros


Aprovecho lo candente de la discusión sobre el tema Educación para quitar las telas de araña de mi blog y rendir tributo a una de las profesiones más dignas y honorables, pero que en la práctica es de las menos reconocidas.

En mi familia existe la herencia del magisterio. Mi madre es educadora desde muy joven. A veces me encuentro con personas mayores que me dicen: “tu mamá fue mi profesora”. Me quedo mirando dudosa, pensando en la edad incierta en que ella comenzó y cómo esos alumnos se ven mucho más viejos que ella. Dos de mis hermanos y yo hemos seguido esos pasos dentro de nuestras respectivas profesiones y, desde jóvenes, hemos realizado labores desde la de alfabetizar y catequizar hasta la de enseñar a universitarios.

Mi abuela paterna, Clementina Núñez, a la que no conocí, fue maestra graduada de la escuela normal, alumna de Ercilia Pepín. En esa época, según me cuenta mi papá, la maestra de una localidad era a veces tanto o más respetada que el sacerdote y el alcalde. El maestro tenía la misma autoridad sobre los niños como la tenían los padres.

Yo tuve una maestra de la vieja guardia cuando yo estudiaba en sexto de básica, la Señorita Antonia Silverio. No podíamos llegar al aula despeinados, con las manos sucias o el uniforme mal puesto. Hacíamos una fila perfecta para el acto de bandera, al que nos enseñaron a rendir los debidos honores, recordando mantener una actitud solemne al momento del himno nacional. Al llegar a clases nos colocábamos al lado de las butacas y cuando la maestra llegaba a su escritorio, todos, al unísono decíamos “!buenos días Señorita Antonia!”.

Hay que decir que a la señorita Antonia todos los alumnos de básica le temíamos por su estricta disciplina. Nos enseñaba caligrafía Palmer, todos los viernes nos ponía a hacer ejercicios que facilitaban la movilidad de la mano. La buena caligrafía era un requisito para poder ir avanzando de curso. Si mal no recuerdo, yo tenía el tercer lugar en caligrafía, ostentando los dos primeros lugares mis compañeritos Domingo Antuña Cabral y Firelei Tavarez Fanini.

Debimos aprender a elaborar preguntas y a responder con perfecta gramática. Con ella aprendimos el Juramento Trinitario, el Himno a Juan Pablo Duarte. Leimos “Platero y yo”, “Enriquillo”…Todavía recuerdo las estrofas de “La llegada del Invierno” de Salomé Ureña de Henríquez, la cual había que saberse para el examen de expresión oral del primer cuatrimestre (Llega en buena hora, más no presumas… ser de estos valles, regio señor… que en el espacio mueren tus brumas, cuando del seno de las espumas, emerge el astro de esta región…).

La señorita Antonia nos hablaba de la pulcritud, la urbanidad y los buenos modales, los valores patrios, la geografía, la religión Católica, la literatura universal… Con ella aprendimos el Juramento de los Trinitarios. Ella nos preguntaba: “¿Quién ha sido el autor de la obra cumbre de la literatura?”, debíamos responder con toda la propiedad: "El autor de la obra cumbre de la literatura española fue Miguel de Cervantes Saavedra, también llamado el manco de Lepanto".

Como la señorita Antonia pasaron muchos maestros en mi vida que me enseñaron civismo, el respeto a los demás, el amor por la literatura, el deseo de defender los derechos humanos, el amor por las artes… pasaron maestros que vieron en mi más que una pequeña niña revoltosa e inquieta y que de alguna manera, lograban ver en cada uno de nosotros, sus alumnos, al futuro médico, la futura madre, al futuro presidente de la república… veían la grandeza incipiente de sus pequeños niños.

Hoy el maestro es olvidado. Los gobernantes no creen que la educación sea una prioridad. Los presupuestos se vuelcan hacia las inversiones de zonas francas, complejos turísticos, infraestructuras viales o tecnología fantasma que supuestamente se lleva a nuestras aulas. Los niños dominicanos son tratados y educados como si fueran excedentes de producción, sin valor.

Pero, como se dice, ¡la esperanza debe ser lo último en perderse! Debemos hacer nuestra parte, devolver tanto bien recibido, seguir el ejemplo de Jesús, el maestro de maestros, y honrar a nuestros próceres liberando a nuestra patria del yugo de la ignorancia y la pobreza.

No hay comentarios: