Ayer fui a buscarla al mediodía, se encontraba alojándose donde una amiga desde hacía una semana y vendría a mi casa por esa misma cantidad de tiempo. Es así que ella se la pasa: itinerante, pausada, una semana en cada sitio, se deja llevar, siempre le seguimos los pasos.
La llevé tranquila al asiento delantero del auto y, delicadamente, le coloqué el cinturón de seguridad, pretendiendo protegerla y a sabiendas de que ella era quien me cuidaba a mí. Su mirada comprensiva denotaba un amor y una sabiduría infinitos, de alguien que ha sido probado en el mismo crisol del sufrimiento materno.
Al principio, cuando arranqué, estuve en silencio, la miré de reojo, no me atrevía a hablar. Me siento pequeña al lado de su presencia, a pesar de que me trata como si fuera su propia hija y en su forma particular de comunicarse, me invita a confiar en ella. “Todo lo que ha pasado hace tiempo, no entiendo cómo una madre puede superar el dolor de ver sufrir así a su hijo”, - pensé - “pero, ¡cuánta paz! ¡qué fortaleza! ella es la que consuela, ¡qué mirada diáfana!”, - continuaba en mis reflexiones cuando atravesaba una calle de mucho tránsito. Sólo pude sentirme henchida de admiración por su compañía y le dije mentalmente: “cuando sea grande quisiera ser como tú”.
Se me agolparon muchos pensamientos, todas las experiencias vividas en los últimos días querían brotar, en ese momento, de mi boca para ser contadas. Esa misma mañana había sentido una opresión en el pecho, un dolor ajeno e inexplicable cuando en el hospital infantil, el médico explicaba sobre los traumas de las quemaduras, en cómo los niños sufrían cicatrices físicas y psicológicas, lesiones permanentes e imborrables. Quería contarle lo que sentí cuando ví aquellas miradas tristes, carentes de esa alegría y candidez ya perdidas por el flagelo de la pobreza y el maltrato. Pensé en la injusticia de que ellos, al igual que su hijo, eran inocentes pagando un precio ajeno. Como si ella adivinara mis pensamientos, me hizo sentir reconfortada.
No pude decir palabra mientras nos acercábamos al colegio a buscar a los niños. Ya me imaginaba lo contentos que se iban a poner cuando vieran la distinguida invitada que nos acompañaba, ya los veía recibiéndola, los oía preguntándome “-mami, ¿cuántos días se va a quedar?, ¿a dónde va luego?, ¿vienen tus amigas a verla esta noche?”.
Llegamos a la casa y almorzamos, los niños le hicieron compañía por un rato. Creo que le estuvieron contando algunas cosas. Ella, paciente, los atendía con la indulgencia de una abuela consentidora. Partí a resolver algunos asuntos pendientes. Más tarde tendríamos una reunión para agasajar a mi invitada, estaba ansiosa porque arribara el momento.
Esa noche, como todos los martes, fueron llegando. La miraban y le saludaban, algunas inclinando su cabeza en señal de respeto, otras le decían “¡hola mamá!”, sonriendo y pidiéndole permiso para sentarse, todas alrededor de la invitada de honor. Inició la reunión y al poco rato mi compañera de al lado me preguntó dónde estaba el florero. Apenada le respondí que no había tenido tiempo para hacer ningún arreglo. Mi amiga, en cambio, sonrió de manera sospechosa. Luego me comentó, “!el olor a flores!, ¡es ella aquí!”, refiriéndose a nuestra invitada. Entendí que era su forma de agradecer la ceremonia de bienvenida.
Un sentir inefable se propagó en la sala, concluimos la reunión con la alegría de hermanas queridas que se congregan en un importante encuentro familiar. Nos despedimos hasta la próxima ocasión que será en la casa de otra de las amigas donde irá nuestra invitada, sabiendo que cuando me despida de ella el próximo martes quedará presente siempre en nuestros corazones.
La llevé tranquila al asiento delantero del auto y, delicadamente, le coloqué el cinturón de seguridad, pretendiendo protegerla y a sabiendas de que ella era quien me cuidaba a mí. Su mirada comprensiva denotaba un amor y una sabiduría infinitos, de alguien que ha sido probado en el mismo crisol del sufrimiento materno.
Al principio, cuando arranqué, estuve en silencio, la miré de reojo, no me atrevía a hablar. Me siento pequeña al lado de su presencia, a pesar de que me trata como si fuera su propia hija y en su forma particular de comunicarse, me invita a confiar en ella. “Todo lo que ha pasado hace tiempo, no entiendo cómo una madre puede superar el dolor de ver sufrir así a su hijo”, - pensé - “pero, ¡cuánta paz! ¡qué fortaleza! ella es la que consuela, ¡qué mirada diáfana!”, - continuaba en mis reflexiones cuando atravesaba una calle de mucho tránsito. Sólo pude sentirme henchida de admiración por su compañía y le dije mentalmente: “cuando sea grande quisiera ser como tú”.
Se me agolparon muchos pensamientos, todas las experiencias vividas en los últimos días querían brotar, en ese momento, de mi boca para ser contadas. Esa misma mañana había sentido una opresión en el pecho, un dolor ajeno e inexplicable cuando en el hospital infantil, el médico explicaba sobre los traumas de las quemaduras, en cómo los niños sufrían cicatrices físicas y psicológicas, lesiones permanentes e imborrables. Quería contarle lo que sentí cuando ví aquellas miradas tristes, carentes de esa alegría y candidez ya perdidas por el flagelo de la pobreza y el maltrato. Pensé en la injusticia de que ellos, al igual que su hijo, eran inocentes pagando un precio ajeno. Como si ella adivinara mis pensamientos, me hizo sentir reconfortada.
No pude decir palabra mientras nos acercábamos al colegio a buscar a los niños. Ya me imaginaba lo contentos que se iban a poner cuando vieran la distinguida invitada que nos acompañaba, ya los veía recibiéndola, los oía preguntándome “-mami, ¿cuántos días se va a quedar?, ¿a dónde va luego?, ¿vienen tus amigas a verla esta noche?”.
Llegamos a la casa y almorzamos, los niños le hicieron compañía por un rato. Creo que le estuvieron contando algunas cosas. Ella, paciente, los atendía con la indulgencia de una abuela consentidora. Partí a resolver algunos asuntos pendientes. Más tarde tendríamos una reunión para agasajar a mi invitada, estaba ansiosa porque arribara el momento.

Esa noche, como todos los martes, fueron llegando. La miraban y le saludaban, algunas inclinando su cabeza en señal de respeto, otras le decían “¡hola mamá!”, sonriendo y pidiéndole permiso para sentarse, todas alrededor de la invitada de honor. Inició la reunión y al poco rato mi compañera de al lado me preguntó dónde estaba el florero. Apenada le respondí que no había tenido tiempo para hacer ningún arreglo. Mi amiga, en cambio, sonrió de manera sospechosa. Luego me comentó, “!el olor a flores!, ¡es ella aquí!”, refiriéndose a nuestra invitada. Entendí que era su forma de agradecer la ceremonia de bienvenida.
Un sentir inefable se propagó en la sala, concluimos la reunión con la alegría de hermanas queridas que se congregan en un importante encuentro familiar. Nos despedimos hasta la próxima ocasión que será en la casa de otra de las amigas donde irá nuestra invitada, sabiendo que cuando me despida de ella el próximo martes quedará presente siempre en nuestros corazones.
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