Yo me había hecho el propósito de no escribir sobre hechos del pasado, sin embargo, hay eventos que para que queden en la memoria, de alguna forma hay que plasmarlos por escrito. Talvez, en unos años, cuando el internet haya evolucionado y la realidad virtual sea otra, mis nietos puedan leer este testimonio y conocer algo de su traviesa abuela Raquel.
Pues ahí, va…
No voy a decir cuándo fue eso para que no me calculen la edad. Contaba yo con siete años cuando nos mudamos desde la calle Restauración Número 60 (en pleno centro de la ciudad de Santiago), hacia la calle 7, número 5, de Los Jardines Metropolitanos. Estos eran los suburbios que, en aquel entonces, estaban rodeados de puro monte.
Puedo decir que teníamos, aproximadamente una semana de mudados cuando en una tarde, mientras jugaba con dos de mis nuevos recién adquiridos amigos, pasaba frente a mi casa un viacrucis que salía de la parroquia Sagrado Corazón de Jesús (el Politécnico Femenino). La iglesia quedaba cerca, por lo que el viacrucis estaba iniciando el recorrido y, al parecer, ni había llegado a la primera estación. A diferencia del antiguo vecindario, aquí nos sentíamos en libertad, porque podíamos jugar en la calle sin ningún problema ya que no transitaban muchos vehículos.
En ese momento le dije a mis víctimas (por razones de proteger sus identidades no menciono sus nombres), - “amiguito, amiguita… vámonos con esa gente...”, refiriéndome al viacrucis. Talvez sentí que no hacía nada malo porque escuchaba los cánticos de aquellas personas que caminaban pausadamente con sus velones en las manos e iban encabezados por una camioneta blanca donde iba el padre Ramón Dubert con bocina en mano indicando las estaciones. “no estés eternamente enojaado, no estés eternamente enoojaaado, perdóname…seeeñooor!” Me imagino que iban cantando dos o tres señoras mayores que iban delante, llevando la cruz. Mis amigos y yo no lo pensamos mucho para irnos detrás de ellos.
Pasado un rato, mi madre comenzó a preguntar por mí. Todos me buscaban y yo no aparecía por ningún lado. “-¿Dónde está Raquel?”, le preguntó a mis hermanos, Mónica y Simón Eduardo, quienes, despistados, no podían dar cuenta de mi paradero y sólo se encogían de hombros. La búsqueda continuaba y se iría volviendo frenética mientras transcurrían los minutos y las horas. Supongo que mi madre, en algún momento, pensó que me habían raptado y que mi cadáver sería encontrado en la cañada que pasaba, justo por la calle de atrás de la cuadra donde vivía. “- ¡¿Para qué nos mudamos aquí, Simón?!”,- “!Hay que dar parte a la policía!”, diría mi madre mientras se acrecentaba la histeria colectiva. En tanto, lejos de allí, tres niños encabezaban, con sendas velas, el viacrucis de ese viernes de cuaresma.
Cuando ya mi padre iba a salir a reportar mi desaparición a la policía, no recuerdo si fue a él a quien se le ocurrió preguntar quién me vió de último y qué yo estaba haciendo. Creo que Victoria, la señora que trabajaba en casa dijo “- ella estaba jugando afuera con unos niños y en eso pasó un viacrucis”. En ese instante, mi padre, salió disparado en su pequeño Volkswagen blanco al que seguro le pisó el acelerador a fondo para seguir los pasos del viacrucis. Bien lejos y en una avenida de mucho tránsito, se encontró con la procesión, estacionaría el vehículo en una calle lateral y esperó el desfile. Se acercó a reprenderme y a sacarme del grupo de gente por un brazo cuando me voltée hacia él y le dije con cara solemne: “!Shhhh!! ¡Estoy rezando!”.
No sé qué pudo haber pasado por la mente de mi padre en ese momento, no recuerdo qué pasó a mis amiguitos. Sólo sé que llegamos a mi casa, no hubo castigo, no hubo azote. Tendrían que tomarse, cada uno, su “nervocalm”, hasta que pudieran superar el estress que habían vivido. Hoy entiendo que tuvieron que aguantarse las ganas de pegarme, con tal de no frustrar una posible vocación religiosa y de que yo no pudiera utilizar como pretexto, algún día, el trauma de la pela más grande recibida por haberme ido con un viacrucis.
Pues ahí, va…
No voy a decir cuándo fue eso para que no me calculen la edad. Contaba yo con siete años cuando nos mudamos desde la calle Restauración Número 60 (en pleno centro de la ciudad de Santiago), hacia la calle 7, número 5, de Los Jardines Metropolitanos. Estos eran los suburbios que, en aquel entonces, estaban rodeados de puro monte.
Puedo decir que teníamos, aproximadamente una semana de mudados cuando en una tarde, mientras jugaba con dos de mis nuevos recién adquiridos amigos, pasaba frente a mi casa un viacrucis que salía de la parroquia Sagrado Corazón de Jesús (el Politécnico Femenino). La iglesia quedaba cerca, por lo que el viacrucis estaba iniciando el recorrido y, al parecer, ni había llegado a la primera estación. A diferencia del antiguo vecindario, aquí nos sentíamos en libertad, porque podíamos jugar en la calle sin ningún problema ya que no transitaban muchos vehículos.
En ese momento le dije a mis víctimas (por razones de proteger sus identidades no menciono sus nombres), - “amiguito, amiguita… vámonos con esa gente...”, refiriéndome al viacrucis. Talvez sentí que no hacía nada malo porque escuchaba los cánticos de aquellas personas que caminaban pausadamente con sus velones en las manos e iban encabezados por una camioneta blanca donde iba el padre Ramón Dubert con bocina en mano indicando las estaciones. “no estés eternamente enojaado, no estés eternamente enoojaaado, perdóname…seeeñooor!” Me imagino que iban cantando dos o tres señoras mayores que iban delante, llevando la cruz. Mis amigos y yo no lo pensamos mucho para irnos detrás de ellos.
Pasado un rato, mi madre comenzó a preguntar por mí. Todos me buscaban y yo no aparecía por ningún lado. “-¿Dónde está Raquel?”, le preguntó a mis hermanos, Mónica y Simón Eduardo, quienes, despistados, no podían dar cuenta de mi paradero y sólo se encogían de hombros. La búsqueda continuaba y se iría volviendo frenética mientras transcurrían los minutos y las horas. Supongo que mi madre, en algún momento, pensó que me habían raptado y que mi cadáver sería encontrado en la cañada que pasaba, justo por la calle de atrás de la cuadra donde vivía. “- ¡¿Para qué nos mudamos aquí, Simón?!”,- “!Hay que dar parte a la policía!”, diría mi madre mientras se acrecentaba la histeria colectiva. En tanto, lejos de allí, tres niños encabezaban, con sendas velas, el viacrucis de ese viernes de cuaresma.
Cuando ya mi padre iba a salir a reportar mi desaparición a la policía, no recuerdo si fue a él a quien se le ocurrió preguntar quién me vió de último y qué yo estaba haciendo. Creo que Victoria, la señora que trabajaba en casa dijo “- ella estaba jugando afuera con unos niños y en eso pasó un viacrucis”. En ese instante, mi padre, salió disparado en su pequeño Volkswagen blanco al que seguro le pisó el acelerador a fondo para seguir los pasos del viacrucis. Bien lejos y en una avenida de mucho tránsito, se encontró con la procesión, estacionaría el vehículo en una calle lateral y esperó el desfile. Se acercó a reprenderme y a sacarme del grupo de gente por un brazo cuando me voltée hacia él y le dije con cara solemne: “!Shhhh!! ¡Estoy rezando!”.
No sé qué pudo haber pasado por la mente de mi padre en ese momento, no recuerdo qué pasó a mis amiguitos. Sólo sé que llegamos a mi casa, no hubo castigo, no hubo azote. Tendrían que tomarse, cada uno, su “nervocalm”, hasta que pudieran superar el estress que habían vivido. Hoy entiendo que tuvieron que aguantarse las ganas de pegarme, con tal de no frustrar una posible vocación religiosa y de que yo no pudiera utilizar como pretexto, algún día, el trauma de la pela más grande recibida por haberme ido con un viacrucis.
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