domingo, 21 de septiembre de 2008

Especial

Esta mañana me tocaba ir a atender durante dos horas un módulo del Voluntariado Jesús con los Niños en la Feria multisectorial de Expo Cibao. Ya temía el inminente “baño de pueblo” viendo hordas de gente pasar como un río delante del módulo y, mentalmente, me lamentaba el desperdiciar un domingo en la mañana de esa forma, aunque no debía autoreprocharme por mi propia decisión de servir en ese horario. Mi función era la de presentar el Voluntariado, invitar a las personas a ser “padrinos” o patrocinadores con donaciones en dinero para costear los diferentes programas y motivar a la participación de la Caminata por la Vida, en Santo Domingo. Tenía dos alcancías delante para el que quisiera dejar algo, unos CDs de música para vender y un grupo de brochures los cuales los iba repartiendo dosificadamente, sólo a aquellos que mostraban real interés.

Ya tenía un rato lidiando con los pasantes que preguntaban “¿esas alcancías las están regalando?”, a lo que yo respondía “-no, es para que dejen su aporte”… y luego escuchaba el “ahhh!!” y se iban alejando. Veía las gentes circulando, compañeros de universidad que no veía hacía casi veinte años, amigos, niños, jóvenes, ancianos… en eso llegó mi relevo, un voluntario - uno de los poquísimos hombres – que sirven de manera permanente en el mismo Voluntariado y quien, además, supe que pertenece a otra fundación que trabaja con niños con necesidades “especiales”.

Como conozco una de sus hijas, me preguntaba si tenía un niño “especial”, ya que la mayoría de la gente que conozco y que pertenecen a alguna fundación, normalmente han vivido una situación relacionada con la causa con la que se identifican, así que me arriesgué a preguntarle si tenía un niño “especial”. Me respondió, “-yo soy especial”, “- fui profesor de educación física, estudié periodismo en la UASD (la universidad estatal). Ni la educación ni el periodismo me ayudaron, sin embargo, fue la profesión de payaso la que me dio mi sustento”, prosiguió diciendo, “-me di cuenta de que como yo, prácticamente vivía de los niños, debía vivir para los niños”. Concluyó explicándome que daba gracias a Dios todos los días por todo lo que el tenía y lo que entendía que debía dar.

Mi turno se acababa, por lo que debía irme a reunir con mi familia a almorzar. Cuando me alejaba, lo ví, con su sonrisa franca, mostrándole a un niño que pasaba por ahí cómo hacer un barquito de papel. Me golpearon en la mente los siguientes versículos del evangelio de San Mateo, 18 1-5, “En aquella misma ocasión los discípulos se acercaron a Jesús y le preguntaron: - ¿Quién es el más importante en el reino de los cielos? Jesús llamó entonces a un niño, lo puso en medio de ellos y dijo: - Les aseguro que si ustedes no cambian y se vuelven como niños, no entrarán en el reino de los cielos. El más importante en el reino de los cielos es el que se humilla y se vuelve como este niño. Y el que recibe en mi nombre a un niño como este, me recibe a mi.”

Una vez más me di cuenta de las vías que utiliza Dios para hablar con nosotros en la cotidianidad y en los escenarios más terrenales.

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